El COVID-19 solo ha sido un añadido a unas circunstancias especialmente difíciles para el colectivo LGTBI solicitante de asilo en Melilla. Los problemas psicológicos previos, asociados al historial de homofobia y transfobia así como a las condiciones de encierro, se han intensificado con las actuales circunstancias.

Autor: Rafael Robles Reina, presidente de AMLEGA

La situación de los refugiados en Melilla por motivos de orientación sexual y de identidad de género ya era especialmente vulnerable antes del COVID-19. 

Asociaciones como AMLEGA (Asociación Melillense de Lesbinas, Gays, Transexuales y Bisexuales) llevamos años denunciando públicamente los graves problemas de seguridad de un colectivo que, en su mayoría, huye del entorno marroquí cercano a la Ciudad, la provincia de Nador, y de las amenazas de sus propios familiares. La frontera de Melilla con Nador es muy permeable gracias a los acuerdos internacionales entre España y Marruecos, que permiten la libre circulación de ciudadanos de ambos territorios sin necesidad de visado o sellar pasaporte. 

Para los solicitantes LGTBI de protección internacional, si bien la cercanía y accesibilidad a Melilla es un atractivo (y la mayoría de las veces la única posibilidad real de pedir asilo), la ciudad puede terminar resultando un laberinto burocrático donde los derechos de los refugiados empiezan por dejar de cumplirse ante la imposibilidad de ir a la península (Melilla no forma parte del Territorio Schengen y se aplican las restricciones propias de un tercer estado, control de fronteras y documentación).

Melilla no forma parte del Territorio Schengen y se aplican las restricciones propias de un tercer estado, control de fronteras y documentación

Los solicitantes de asilo de Melilla en la práctica se ven obligados a permanecer en el CETI hasta que el Gobierno organiza su traslado a la península. Situación que, en el caso del colectivo LGTBI, se termina convirtiendo en un doble encierro, ya que, el miedo a encontrarse con las personas de las que huyen y las amenazas de agresión por odio en la ciudad les persuade de salir del Centro, donde se sienten vigilados y seguros (la mayoría de casos de delitos de odio denunciados  en la ciudad por motivos de orientación sexual y de identidad género son de personas LGTBI migrantes y refugiadas).

LA NUEVA REALIDAD DEL COLECTIVO CON EL COVID-19

Con la emergencia sanitaria y el confinamiento esta sensación de seguridad se fue definitivamente al traste. El colectivo LGTBI convive apartado del resto de residentes en sus propias habitaciones de -como máximo- ocho ocupantes que hasta la crisis del COVID-19 no se solían llenar. El hacinamiento de las instalaciones ha obligado a las autoridades a ocupar todas las plazas, en algunos casos por personas que no son del colectivo. 

Se han multiplicado los problemas de seguridad al ser menos efectiva la vigilancia general en el Centro. Los problemas de convivencia entre los propios miembros del colectivo LGTBI han hecho que aumenten los hurtos y las peleas. Los problemas psicológicos previos, asociados al historial de homofobia y transfobia así como a las condiciones de encierro, se han intensificado con las actuales circunstancias. Algunos refugiados verbalizan que, a pesar del peligro, desean volver a Marruecos si no es posible el traslado a la península (Marruecos cerró sus fronteras el 13 de marzo y no está prevista la apertura en meses).

Aún con todo, las amenazas desde el entorno familiar cercano no han cesado o se han recrudecido en estas fechas. Desde el 25 de abril los musulmanes viven su mes sagrado de Ramadán, época en la que los lazos familiares suelen ser más estrechos y la vigilancia del cumplimiento de los preceptos religiosos obliga a mantener las apariencias ante el resto de la comunidad. También es fuente de conflictos el seguimiento del ayuno, habiendo menos tolerancia a la no práctica, lo que también divide al colectivo intensificando sus conflictos dentro del CETI.

El COVID-19 solo ha sido un añadido a unas circunstancias especialmente difíciles para el colectivo LGTBI solicitante de asilo en Melilla. Desde AMLEGA hemos puesto en marcha nuestra propia Línea de Atención Arcoíris en estas fechas y hemos mantenido el contacto on-line. No obstante, buena parte de nuestro trabajo, consistente en acompañamientos en el proceso de asilo y en denunciar delitos de odio, se ha visto muy mermado por las actuales circunstancias. Además, de que nuestras actividades presenciales y talleres en nuestra sede eran una vía de escape principal para un colectivo que ya sufría confinamiento antes de la crisis sanitaria, y que deberemos de retomar cuanto antes con la vuelta a la “nueva normalidad”.

Por todo esto desde AMLEGA nos sumamos a la petición de Amnistía Internacional por un traslado urgente y una acogida digna a las personas que se encuentran en el CETI de Melilla.

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *